Cuesta creer que hoy, transitando la segunda década del siglo XXI, el trabajo infantil continúe siendo una cuestión sin resolver en la totalidad de los países de América Latina. Ninguno ha conseguido terminar con este flagelo y más de 20 millones de niños y niñas hipotecan su futuro por entrar y permanecer en el mercado de trabajo desde temprana edad.
No es con buena voluntad que se enfrenta el problema de los chicos que trabajan sino desarrollando políticas concretas y específicas para su eliminación. Desde la casi totalidad de los organismos internacionales se propicia hoy la instalación de programas de transferencias de ingresos hacia las familias excluidas de la economía formal y que desarrollan actividades en el mercado informal o tienen a sus principales miembros desempleados. Estos programas constituyen un paso adelante muy importante y cambian los ejes de las políticas tradicionales de asistencia y promoción social. Los programas más importantes de la región, el Bolsa Familia de Brasil, el Oportunidades de México y la Asignación Universal por Hijo de la Argentina reúnen millones de familias beneficiarias pero en ningún caso el costo de los mismos supera el 1 % del PBI de cada país. Poca inversión para convertirse en la panacea contra la pobreza y la indigencia con que algunos ven a estos programas.
Sobre el trabajo infantil no tienen efectos directos, ningún estudio ni evaluación seria ha podido demostrar reducciones de la oferta del trabajo de los niños y niñas. Tampoco está dentro de sus objetivos. Para lograr impacto en la reducción del trabajo de los chicos es necesario articularlos con programas que tengan como claro objetivo su eliminación.
Esto demanda aportar recursos que muy pocas administraciones (locales, provinciales, regionales y nacionales) están dispuestos a realizar. La importancia real que se le da a esta grave cuestión social se refleja en los presupuestos asignados, los cursos de acción diseñados y la permanencia en el tiempo de los compromisos asumidos.
Respecto a esto último la situación en América Latina es desoladora. Esto no significa que no se hagan floridos discursos basados en la intención de terminar con el flagelo, especialmente cuando se acerca el 12 de junio, Día Mundial Contra el Trabajo Infantil, y que quedan olvidados muy rápido. La violación sistemática de los derechos de niños y niñas es moneda corriente a lo largo y lo ancho de nuestra región a pesar de que todos los países de la misma han firmado la Convención sobre los Derechos del Niño que patrocinó las Naciones Unidas.
Ante este panorama surge la pregunta: ¿qué hacer? Como primera acción es necesario desarmar uno a uno los grandes mitos que se han creado sobre el trabajo infantil, políticamente correctos, que prometen ser fundamentales para la solución de esta problemática. Debe quedar claro que con instituciones vaciadas de contenido y sólo con discursos es imposible combatir la actual situación.
Por Víctor Chebez (*)
(*)Director del Centro de Estudios del Empleo y la Protección Social (Ceprotec) de la Universidad Nacional de San Martín. Autor de “Chicos que trabajan” Ed. Capital Intelectual. Bs.As (2010)

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